EL NEGOCIADOR



Les contaré una historia que no debería conocer y que me fue transmitida por una persona que la vivió cuando, en realidad, no tenía que haber estado allí.
Hace tiempo un negociador tuvo que subir a la tercera planta de un edificio en construcción avisado por la policía, que a su vez fueron alertados por los albañiles que estaban trabajando en aquel espacio. Al parecer, un joven de no más de veinte años, desobedeciendo todas las normas de seguridad que se procuran en estos trabajos de altura, accedió a la obra, subió los escalones desprotegidos de pasamanos y barandillas y  atravesó una ventana sin marcos, hasta llegar a sentarse sobre un gran tablón, que era en lo que acababa aquel agujero cuadrado, todo esto a veinte metros de altura de la calle. Al llegar nuestro protagonista al lugar de los hechos se hizo paso entre la muchedumbre y alborotadores que dirigían su dedo índice y miradas hacia un punto concreto de aquel edificio: un agujero cuadrado, culminado por una viga en horizontal sobre la que se visualizaba una silueta humana, al parecer, de niñato aún por afeitar. Fácil hacerse una composición de lugar; de hecho no era la primera vez que el negociador se encontraba en una parecida tesitura. Como miembro del cuerpo se identificó ante un triste y prejubilado número de la policía que barraba el paso con una patética cinta, gesto que le valió tener entrada libre y, acto seguido, subió aquellos peligrosísimos tramos de escaleras por definir, hasta llegar al lugar de la escena.
El espacio en cuestión estaba atravesado por columnas junto a paredes, que se llaman maestras. Sembrado de canales, puntales, mallazos, sacos de arena y cemento; cableado eléctrico por desenrollar e informático; ladrillos y herramientas personales como mazos, lápices, arneses, cascos de protección... Como elementos humanos encontró, además,  policías que reconocieron en él la autoridad que se iba a responsabilizar de aquella situación crítica y a cuatro o cinco obreros que no paraban de hablar precipitadamente mientras señalaban hacia un agujero en la pared, una viga de doble T y la espalda de un chico. Todos sobrecogidos por un alto índice de nerviosismo. La preocupación de aquellos policías no era otra que la de no perderse el inicio de la Super Bowl, que ese año estaría muy reñida. La inquietud de los albañiles iba unida a la integridad física del muchacho con brotes suicidas ya que un trágico desenlace conllevaría horas y horas de interrogatorio ante un inspector de trabajo, dando cuenta del porqué no había habido nadie que hubiera fijado la mirada en un pícaro no autorizado a estar en la obra y el consiguiente despido, cuando no una condena pecuniaria y el innegociable despido en todos los casos. Invitó a salir a unos, los suyos, y a callar a los demás, sin despegar los labios ni un milímetro. Tomó una cuerda y le pidió a quien creía ser el más ruidoso de los albañiles que le ligara por la cintura con ella, mediante un bucle, y le sujetara a una columna, orden que obedeció inmediatamente. El negociador pretendía hacer las pertinentes comprobaciones hasta asegurarse de que, por más que tomara impulso, de forma suave o acelerada, sería imposible moverse ni un milímetro desde la columna hasta donde terminaba la cuerda en total tensión, a milímetros de la ventana y de caer al vacío,  siempre fuera del campo de visión del público de la calle. Fue cuando rogó a los obreros que tomaran el mismo camino que anteriormente la policía, que lo dejaran a solas con el chico y que intentaran calmar sus nervios confiando en que todo iría a salir bien. Y así obedecieron todos... ¿O no?
Cuando se creyó preparado nuestro negociador se posicionó en un lugar en el que el público expectante en la calle no podía adivinar su presencia pero el chico sí sentir su voz. Las palmas de las manos en la pared, a ambos lados de la ventana, y uno de sus pies sobre aquella madera, mientras que el otro se ubicaba en el interior. Así, más en la penumbra que al aire, habló al chico:
-        Perdona chico pero, en realidad, no sé lo que quieres. Y te puedo asegurar que
he vivido infinidad de situaciones similares a la tuya. Bueno: nunca hay dos seres iguales, por lo tanto nunca habrá dos situaciones iguales… Tú me has entendido. Si lo que quieres es llamar la atención, quiero decirte que lo has bordado, cabronazo... Tienes mi aplauso, sí señor. Esto no te lo puede discutir nadie. Hace media hora que eres el centro de las miradas de una gente, de un pueblo, de un país que genera miles de noticias cada hora, y tú has pertenecido a ellas... Has conseguido llenar los noticiarios de las tres, durante minuto y medio, aproximadamente... Menos da una piedra. Pero debes apresurarte a variar el numerito y alimentarlo con un más difícil todavía porque este público se irá a ver otro espectáculo, siempre olvidándose, por un momento, del tedioso espectáculo de su vida... A no ser que en realidad estés buscando quitarte la vida, esto... No sé. Si es así se me ocurre que tomando un frasco de pastillas con no más de medio litro de agua, sobre un colchón blando... Ya tendrías resuelto el tema.  ¿No crees? Más apacible que una caída libre a treinta metros sobre el asfalto lo es. Procuro decirte, hijo, que el encuentro con la muerte debería ser mucho más íntimo que todo eso. Y no seré yo quien intente convencerte de que la vida es maravillosa.
-        La vida es una mierda- se oyó decir al otro lado del tablón.
-        Nada que argumentar y menos desde mi posición, que tengo una compañera
extraordinaria, tres maravillosos hijos que han entendido que la vida es estudiar por el momento, y aprender y crecer ...También tengo un trabajo que me facilita cubrir las cuatro necesidades que genero. Claro que la vida es maravillosa para mí, que incluso me puedo permitir el lujo de tener una mutua privada. Maravillosa, lo mires por donde lo mires, que tengo el reconocimiento social de la gente que me rodea. Sin lugar a dudas es maravillosa y te lo dice alguien que sabe que mañana comerá y dará de comer a su camada. Ah, y que tiene dos pares de botas para ponerse por si se le rompen unas.
Y continuó.
-        Y no te he hablado del maravilloso que me parece la vida cuando salgo a la calle
y todavía no ha salido el sol y cuando cojo un taxi que no tengo que compartir con nadie: eso sin mencionar cuando me dicen de usted en el restaurante. Pero nada comparable como cuando jugamos a pádel mis hijos y yo y cuando mi mujer me reserva media hora para leerme sus artículos de periódico. Por no hablar de lo maravilloso que me parece la vida cuando el quiosquero me dedica una sonrisa... Oh, sí! Me parece que la vida es maravillosa. Aunque esta opinión es individual e intransferible.
-        ¡Váyase a la mierda!- se escuchó por boca del chico.
-        Pero también he caído y he suspendido y me he perdido y me han eliminado y se
han reído de mí y me han abofeteado, y por supuesto que no pensaba que la vida era tan maravillosa. No, no se puede pensar que la vida es maravillosa en estas situaciones que te he planteado: claro que no... ¿Quién es tan estúpido como para pensar que la vida es maravillosa cuando tu mujer te roba el dinero y se larga con tu mejor amigo, o  cuando tienes que pedir un anticipo de nómina porque las tuberías de casa han estallado? Hay que  ser burro para pensarlo. O cuando tu primer hijo muere de hidrocefalia. Pero la vida sigue siendo maravillosa un segundo después, o un minuto después, o un día después, o cuatro años después... ¿Y sabes por qué lo creo? Porque no permito que la vida me maneje a mí…: yo quiero manejar a la vida. Porque la vida es un juego y a veces los dados no son favorables. Y si pierdo el tuno sé joderme y esperar. Y si tengo que volver a la casilla de salida sé joderme y esperar. Sólo hay un juego, sólo hay una vida… Y por mis huevos que voy a llegar hasta el final. Esto les digo a quienes envidian otras vidas, a quienes quieren jugar por otros... Es eso lo que pretendes, ¿verdad? No seguir jugando. Te crees que has perdido y quieres dejar de jugar, ¿no es eso?
-        Lo único que quiero es que deje de hablar- dijo el joven al tiempo que se tapó
los oídos y giró la cabeza hacia su interlocutor, haciendo tambalear la madera.
Esta acción fue aprovechada por el negociador que dio un paso adelante hasta ganar casi un cuarto de tabón, mientras tomaba al chico por cuello de la camisa y le arrastraba hacia el interior, intentando no entrar en el campo de visión de un público que, cada vez más exiguo, prestaba atención a aquel solitario funámbulo. El joven, sorprendido, quería deshacerse de los fuertes brazos del protagonista y eso le habría costado a ambos haber perdido el equilibrio y caer al vacío abrazados, si no fuera por la cuerda atada a la cintura del otro. Pero, mientras el primero permanecía con una de sus piernas en el aire, a inevitables segundos de besar el suelo, el musculado protagonista conseguía arrastrarlo hacia el interior de la obra. La pelea entre deshacerse de este hombre, por parte del joven, y fijar al muchacho por sus hombros, con todo el peso del cuerpo del inspector, duró unos segundos que podrían parecer horas, finalizando todo en una escena de cuerpos agotados, sin aliento y bañados en sudor, por encima de una plancha de mallado, ya en el interior de la obra.
No diré más sino que las últimas palabras las dijo el negociador y fueron en este sentido.
-        No creo que tu verdadera motivación hubiera sido quitarte la vida porque has
estado a punto de conseguirlo cuando tus dos pies estaban en el aire pero optaste por agarrarte a mí. Has visto la muerte demasiado cerca y no te ha seducido la idea y la única opción válida para no tener que mirar  al vacío era este viejo que no paraba de charlar y charlar y charlar... Así pues, me inclino a pensar que en realidad lo que querías ya lo has conseguido: llamar la atención durante unos minutos, quizás una hora, sobre una gente, que su única motivación consiste en ver cómo los demás caen, desde su sofá o a pie de calle, que más da. Ahora tengo que marchar. Te dejo a solas con tus reflexiones. Eres muy libre de volver al tablero y pretender seguir llamando la atención o denunciarme por acoso... Reflexiona sobre tu posicionamiento de la vida y que nadie se entere si la deseas abandonar. La vida continuará latiendo sin ti, también te lo digo. Siempre se está a punto de suicidarse y antes o después  se encuentra un motivo para hacerlo y un millón para no hacerlo. Y volteó la espalda.
Supongo que lo último que hizo el negociador fue desligarse de la cuerda que lo tenía apresurado por la cintura y que le evitó caer al vacío abrazado el chaval. Ah, y quitarse el polvo de cemento y cales de toda aquella planta de la que iba sería un edificio en el complejo de la Ciudad de la Justicia. Sobre ese chico no me ha llegado ninguna noticia posterior, así que no creo que se encuentre entre nosotros… O tal vez sí.

Quin Valiente.
Enero 2017. 

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