UN LOBO DISFRAZADO DE CAPERUCITA



No había que ser muy profeta para vaticinar el fin de mis días. Me lo dijo la echadora de cartas, ataviada con joyas falsas y capucha roja, la carta del arcano XIII, que significa muerte, cambio; la carta de la clínica donde me citaban el lunes siguiente para mi primera sesión de radioterapia y los virus que con mi tos había propagado por la  habitación de la vidente Ana, primera consulta gratis. Le queda poco tiempo de vida, me dijo sincera, directa, tajante; siguiendo mis recomendaciones. Tranquila, señora: estoy preparado para la verdad. Póngase en paz con Dios si cree en él y no se preocupe por la visita que a esta le invito yo. Y me despedí con un adiós en lugar de con un hasta siempre, robándole la cesta de las propinas.
Era preceptivo pasar por la iglesia donde me había bautizado... y rociar con spray colmillos de Drácula sobre las imágenes de San Antonio Abad y Nuestra Señora del Carmen, patrona de los picoletos. Llamé a mi ex para pedirle perdón por todo el daño causado... y le espeté al oído que su nuevo novio era tan infiel como yo. Envié una carta a la administradora del blog literario al que suelo acudir cuando estoy deprimido citándole a más de diez de sus colaboradores que son amantes del corta y pega: puro plagio. Fumé en el metro, me salté un semáforo en rojo y le dije al tirano de mi sobrino quiénes eran los Reyes Magos. Ya nada me importaba.
Y cuando estaba en casa  con mi bata de boatiné y rulos en el pelo esperando la llegada del último sopor sentí como la puerta de mi habitación era derribada a patadas por dos hombres que  me apuntaban con escopetas de caza mayor.
-       Vomita a la dulce anciana que te has tragado, maldito seas- me gritaban.
Sin ni siquiera tiempo a sufrir sentí una detonación y el calor de una bala que me atravesaba el corazón... Con la infinidad de cuentos que todavía tenía que protagonizar.

arcano XIII

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